SANTIAGO GARCÍA-CLAIRAC
ESCRITOR

EL PRINCIPITO SE FUE A LA GUERRA
Santiago García-Clairac


La noche más oscura

 

 

El 7 de mayo de 1933, después de un romántico noviazgo de dos años, el editor Jean Dupont y la escritora Chantal Legrain se casaron en París, absolutamente enamorados, y tan compenetrados que parecían haber nacido el uno para el otro.

Klaus Mielke, amigo personal de ambos y antiguo colaborador en la editorial Dupont, invitó a la pareja a disfrutar de su luna de miel en Berlín. Ambos ignoraban hasta qué punto aquel viaje marcaría sus vidas.

—Klaus me ha confirmado que nos hará de guía —le iba explicando Jean a su esposa, cerca ya de su destino—. Pasaremos unos días estupendos.

—Seguro que sí —respondió ella—. Estoy deseando conocer Berlín.

Cuando el tren al fin se detuvo, Klaus surgió en el andén, irrumpiendo de entre el humo de la gigantesca locomotora. Poco después se fundieron con él en un extraordinario abrazo de bienvenida.

—¡Os he echado tanto de menos! —balbució el joven alemán, con un emocionado temblor en la voz—. Querida Chantal, estás cada día más guapa.

—¡Un año sin vernos! —añadió Jean—. Me alegro mucho de poder abrazarte. Ya nos contarás qué haces, tus planes de futuro… Eras un gran coordinador que no he podido sustituir. Martin Vernon, que era el elegido para ocupar tu puesto, ha decidido dedicarse a escribir… Y está a punto de casarse… Me habéis dejado solo en la editorial.

—El bueno de Martin… Espero que le vaya bien…

—París no es lo mismo sin ti —dijo Chantal.

—Lamento haber dejado Francia, queridos amigos —dijo Klaus mientras se dirigían hacia el coche—. Pero tenía que volver a Alemania para formar parte de los cambios que se avecinan. Por eso quería que vinierais.

Les llevó un rato llegar al hotel, donde los aguardaba un obsequio de bienvenida. 

—Aquí es costumbre regalar este libro a todos los que se casan. Es un ejemplar de Mi lucha, de Adolf Hitler. —El recepcionista les entregó un ejemplar—. Espero que les guste… 

—Tendréis tiempo de leerlo tranquilamente cuando volváis a París, quizá algún día lo podréis publicar en vuestra editorial —dijo Klaus—. Ahora disponeos a disfrutar de unos días increíbles.

Después de arreglarse, cenaron con Klaus, que estaba dispuesto a cumplir su compromiso de acompañarlos durante su estancia en Berlín.

—Cuéntanos más… ¿Qué proyectos tienes? —quiso saber Jean.

—Estoy colaborando en la creación de la nueva Alemania.

Chantal y Jean se miraron, algo inquietos. De repente les pareció que no reconocían a su amigo. Era otra persona.

—En Francia se dicen muchas cosas sobre los camisas pardas… —tanteó ella. Así era como llamaban a los miembros de las SA, la sección de asalto del Partido Nacionalsocialista alemán. Fieles a Hitler hasta la muerte. Su mano ejecutora.

—Cuentan muchas falsedades sobre lo que está ocurriendo aquí.

 —Pero Hitler… ¿es un hombre de paz? Hablan de persecución a los judíos y otras historias horribles…

—Calumnias y mentiras para desprestigiar a Alemania —insistió Klaus—. Nuestro Führer solo quiere devolver la dignidad a nuestro país. El Tratado de Versalles, que se firmó al final de la Primera Guerra Mundial, fue una infamia intolerable. Hitler necesita todo nuestro apoyo. El libro que os han regalado os ayudará a comprender lo que pasa en Alemania… y lo que va a pasar…

Después, brindaron con champán por el reencuentro. Los tres habían sido buenos compañeros de trabajo y se echaban de menos.

Pasaron tres magníficos días en los que Klaus les enseñó lo mejor de Berlín: la Alexanderplatz, la catedral, la Puerta de Branderburgo, el palaciod e Charlottenburg... La noche del día 10 salieron a dar un paseo y acabaron en los alrededores de la Opernplatz, la plaza de la Ópera, cuando sin previo aviso se vieron arrastrados por una multitud compuesta por civiles adeptos a Hitler, nacionalsocialistas y miembros de la Asociación de Estudiantes; casi todos llevaban camisas pardas y brazaletes con la esvástica.

—Quiero que sepáis lo que pasa en la nueva Alemania —dijo Klaus—. Vais a ver algo asombroso.

Grupos de jóvenes que portaban antorchas y cantaban consignas nazis se dirigían a la plaza, donde una multitud enardecida no dejaba de crecer.

—¿Qué van a hacer? —preguntó Chantal, agarrándose fuertemente al brazo de su marido, que también mostraba signos de inquietud.

—¡Limpieza! —contestó Klaus con voz firme—. ¡Una gran limpieza!

Se dejaron llevar por la corriente y se encontraron con una extraordinaria pila de libros en el centro de la plaza, a la que arrojaban montones de ejemplares. Jean se volvió hacia su amigo.

—¿Qué es esto, Klaus?

—Libros peligrosos y contrarios a nuestra ideología —respondió con satisfacción—. Enemigos que desprestigian a Alemania.

—¿Para qué los amontonan? —preguntó Chantal.

—Ahora lo veréis… ¡Fijaos!

Atónitos, vieron cómo prendían fuego a los miles de volúmenes entre los que se encontraban obras de Sigmund Freud, H. G. Wells, Bertolt Bretch, Ernest Hemingway, Frank Kafka, Albert Einstein… En la oscuridad de la noche, la gran fogata cobró vida y más de veinte mil libros se dispusieron a ser pasto de las llamas.

—¡Mira, Jean! —Chantal señalaba un libro que empezaba a arder en los límites del montón, como si quisiera escapar.

Jean se inclinó y consiguió sacarlo.

—¡Es de Saint-Exupéry! —exclamó—. ¿Por qué…?

Klaus se lo arrancó de las manos y lo arrojó a la hoguera ante la mirada de incomprensión de su amigo:

—¿Estás loco, Jean? ¿Quieres que os maten? ¡Estamos llamando la atención! —Algunos uniformados cercanos los miraron extrañados, pero Klaus los tranquilizó con un gesto. ¡Salgamos de aquí antes de que las cosas se compliquen! —los apremió al tiempo que echaba miradas nerviosas a su alrededor—. ¡Deprisa!

Así fue como los sacó de la plaza y los condujo apresuradamente hasta el hotel, asegurándose de que nadie los siguiera.

—¿Qué está pasando? —le preguntó Jean, estupefacto por lo que acababa de ocurrir—. ¿A qué ha venido esto? ¿Por qué queman libros?

—Alemania está cambiando —explicó Klaus—. Adolf Hitler ha tomado las riendas y nadie le va a impedir hacer lo que considere necesario para salvar a la patria. Espero que esto abra los ojos a Europa. Habéis visto un acto de valentía: el pueblo alemán está recuperando su honor.

—¿Por qué nos has invitado a ver todo esto? —Los ojos de Chantal estaban envueltos en lágrimas—. Sabes muy bien que respetamos los libros y…

—Ya os lo he ficho:quería que supieseis de primera mano lo que está sucediendo en Alemania y espero contar con vuestro apoyo.

—¿Nuestro apoyo en la quema de libros? —exclamó Jean—. ¡Nunca alentaremos eso!

Tanto para él como para Chantal, los libros eran su vida —su propio romance había comenzado cuando Jean publicó un libro de Chantal en una cuidada edición que había tocado el corazón de la escritora— y no podían apoyar ningún tipo de censura.

—¡Ha sido horrible! —declaró ella—. Nunca hubiera esperado que tú estuvieras de acuerdo.

Klaus guardó silencio durante unos instantes. Parecía defraudado por la respuesta de sus amigos. Sobre todo por la de Chantal.

—Por vuestro bien, es mejor que volváis a París inmediatamente —reconoció por fin—. Si pensáis así, aquí corréis peligro.

Al día siguiente, Klaus los acompañó hasta la estación y, después de una fría despedida, emprendieron el viaje de vuelta. Chantal y Jean apenas hablaron del tema, pero la expeditiva quema de libros había alojado en su corazón una pena inmensa, que quedó grabada en su memoria y no olvidarían nunca. Aquel acto se había clavado en lo más profundo de Chantal. Aunque no quiso decírselo a Jean, estaba aterrorizada y se juró que no volvería a pisar suelo alemán hasta que dejaran de lado semejantes prácticas.

Mientras ellos volvían a París, lejos de Europa y a muchos pies de altura, el piloto y escritor Antoine de Saint-Exupéry sobrevolaba las llanuras y montañas africanas en su avión para llevar sacas de correos a su destino, ignorante de que una escritora y un editor francés habían intentado impedir que uno de sus libros fuese pasto de las llamas en una Alemania que se estaba convirtiendo en una poderosa máquina de guerra.

Siete años después, en 1940, Alemania invadía París y casi toda Francia quedaba bajo su dominio.

El horror había comenzado a expandirse por toda Europa.


 

 

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