SANTIAGO GARCÍA-CLAIRAC
ESCRITOR

¡CASTIGADO SIN LEER!



2
Así son los amigos


Salgo de casa por la mañana y me encuentro con mis primos Fran y Camelia, que me están esperando en el rellano del quinto piso para ir juntos al colegio. Es la ventaja de vivir en el mismo edificio y de ser vecinos, puerta con puerta. O la desventaja, según se mire. 

–Me han dicho que te vigile –me advierte Fran–. Si te veo con un libro, tendré que informar a mis padres. Y no creas que no lo haré.

–Sé que lo harás –respondo con resignación. 

–Yo le ayudaré –añade Camelia–. Que lo sepas.

–Adiós, niños –nos despide mi tía–. Que tengáis un buen día. Portaos bien y tened cuidado.

Desciendo por la escalera al lado de mi prima, mientras Fran va por delante, dando saltitos atléticos. A él le gusta lucirse delante de mí. Le encanta chulearse y demostrar que es más fuerte que yo, pero no sabe que a mí me da lo mismo lo que haga. A pesar de que es más alto, más guapo y más fuerte que yo, no le tengo ninguna envidia. Es un pesado, pero en el colegio me dejará en paz durante algunas horas. A pesar de que estamos en la misma clase, no nos sentamos juntos.


–¡Fran! ¡Fran! –grita Paulina, la chica más guapa del colegio y gran admiradora de mi querido primo–. ¡Hola!

–Ya lo ves –me susurra Fran–. Eso es lo que quieren las chicas.
Tíos simpáticos, triunfadores y macizos. Nada de empollones como tú. ¡Ahí te quedas, tío paliza!

Hugo, mi mejor amigo, se acerca corriendo en cuanto nos ve.

–Hola, Gregory. Hola, Camelia...

–Bueno, yo me voy –dice mi prima, ignorándole por completo.

–Podías ayudarme con Camelia, Gregory –me pide Hugo–. Es que no me hace ni caso.

–Oye, a mí no me metas en estas cosas. Si te la quieres ligar es asunto tuyo.

Entramos en clase y nos sentamos. Estoy triste y apenas presto atención a lo que me rodea. Mientras la profesora escribe la fecha y el plan de trabajo del día en la pizarra, Hugo me hace una pregunta.

–¿Qué te pasa, Gregory? ¿Se ha muerto tu abuelo?

–No digas bobadas. Mi abuelo está muy bien –contesto–. ¡Y no gastes bromas con eso!

–Perdona, chico, pero parece que te ha pasado algo grave. Menuda cara traes.

–Mi padre me ha puesto un castigo. –¿Te ha dejado sin postre o sin tele?

–¡Me ha prohibido leer! ¡Durante un mes!

–Vaya, eso sí que es suerte. Mis padres me castigan siempre con lo contrario –explica Hugo–. Como saben que no me gusta leer, pues me obligan. ¡Enhorabuena, chico!

–No me fastidies, hombre. ¡El caballero solitario está a punto de salir!

–Lo que tienes que hacer es leer a escondidas –me susurra–. Si lees fuera de tu casa, tu padre no se enterará. Así que alegra esa cara.

–No leeré a escondidas –le digo–. ¡Yo no voy a ser un lector furtivo! ¡Me ganaré el derecho a ser un lector de verdad!

–Estás más loco que una cabra –me responde–. ¡Haz lo que te dé la gana!

–Eso es lo que voy a hacer –contesto, orgulloso de mi actitud–. Los lectores tenemos un código de honor, ¿sabes?

Se calla durante un rato, pero en seguida vuelve a la carga.

–¿Qué planes tienes esta tarde? –pregunta.

–Quiero ir a la tienda del abuelo.

–¿Va a ir tu prima Camelia?

–No creo... Casi seguro que no... ¿Me vas a acompañar?

–No tengo ninguna intención de meterme en esa gruta de libros. No se me ha perdido nada ahí dentro. Además, tengo que ir a informática. Me he apuntado a un curso. Quiero ser informático.

–Cada día quieres ser algo diferente. Hace poco querías ser bailarín.

–Tengo derecho a cambiar de idea, ¿no?

La clase ha terminado y salimos al patio. Algunos juegan al fútbol, otros corren, pero yo prefiero hablar.

–Mira, ahí viene tu prima... ¡Llámala! ¡Llámala! ¡Corre!

–¡Camelia! –grito, levantando la mano–. ¡Camelia! ¡Hola! Me mira muy despectiva.

–¿Qué quieres?

–Nada, que Hugo quiere saludarte.

–Pues ya me ha visto. Hasta luego.

–Oye, Camelia, quería invitarte al campeonato de videojuegos de la semana que viene. Tu hermano Fran participa y es uno de los favoritos –dice Hugo.

–¿Un campeonato de videojuegos? ¿Por quién me has tomado?

–Si lo prefieres, podemos tomar un zumo en la cafetería. Yo te invito.

–No necesito que me invites. Y no me gustan los zumos. Adiós.

Fran, que nos ha visto hablar con Camelia, se acerca en plan amenazador:

–¿Te está molestando este idiota? –le pregunta a Hugo.

Fran le agarra de la pechera del chándal y le empuja hacia atrás.

–Escucha, Huguito –le advierte–. Si vuelves a acercarte a mi hermana, me enfadaré. ¿Entendido?

–¡Fran! ¡Ya está bien! –grita Camelia, interponiéndose–. ¡Suéltale ahora mismo!

–¡Déjale, Fran! –grito, agarrándole el brazo–. ¡Deja en paz a mi amigo!

–¡Me has tocado! –grita Fran–. ¡Te has atrevido a tocarme!

–¡Ya está bien, Fran! –grita Camelia. 

–¡Suéltame, que me haces daño! –grita Hugo, muerto de miedo.

Fran le lanza hacia atrás con tan mala fortuna que se choca con Camelia, que también cae el suelo.

–¿Qué has hecho? –exclama Fran–. ¡Has tirado a mi hermana! ¡Te voy a...!

–¡Ya está bien, Fran! –ordena Camelia–. ¡Déjale! ¿Me has entendido?

Fran, que ya se iba a abalanzar sobre Hugo, se detiene.

–¡Vámonos de aquí! –dice Paulina–. No sea que venga el vigilante y todo se complique. Anda, Fran, vamos.

Fran da un paso atrás y se retira, lanzando miradas que asustan. Hugo se levanta y ayuda a Camelia a levantarse.

–Gracias por ayudarme –dice ella–. Mi bolso...

Hugo, ni corto ni perezoso, se agacha y recoge el bolso, que está en el suelo, abierto, con varios objetos esparcidos. Veo que mira con extrañeza algo que hay en el interior, pero no dice nada.
Después de recogerlo, Hugo se lo entrega a Camelia.

–Gracias –dice ella, agarrándolo–. ¿Te ha hecho daño?

–No, no ha sido grave. No ha pasado nada. –Disculpa a Fran. A veces se pone agresivo, pero es un buen chico.

–Lo sé. Le conozco bien –le justifica Hugo.

–Bueno, pues adiós –se despide.

–Adiós, Camelia –dice Hugo, mirándola embobado.

Ella se marcha sin mirar atrás y nosotros volvemos a recuperar la respiración. El susto que nos hemos llevado ha sido morrocotudo.

–Es guapa. Es un montón de guapa –babea Hugo un poco después.

–Me parece que no le caes demasiado bien –le digo.

–Todo lo que tiene de guapa lo tiene de orgullosa.

–Oye, por cierto, ¿qué había en el bolso de Camelia que te ha llamado tanto la atención?

–Nada. No había nada.

–Pues lo mirabas con cara de bobo.

–Te digo que no había nada. No seas pesado, hombre.

Sé que me oculta algo, pero no le voy a insistir. Tarde o temprano lo averiguaré. Los lectores somos muy pacientes.