SANTIAGO GARCÍA-CLAIRAC
ESCRITOR DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

 

I S L A  U M B R A L

 

 

CAPÍTULO 1

 

PRIMERA PARTE

 

1 - La isla

 

Cuando Dominique abrió los ojos, estaba en una barca que se balanceaba con suavidad, envuelta en una ligera niebla blanca.

 

Detrás de ella, alguien manejaba un gran remo. Reconoció enseguida a la mujer que había venido en su ayuda cuando aquella bomba la envolvió en humo, calor y polvo.

 

-Heliana… -susurró tímidamente-. ¿Dónde están mis padres?

 

-No debes preocuparte por ellos -respondió dulcemente-. Piensa solo en ti.

 

Se fijó en los otros cinco niños que estaban en la barca, silenciosos y pálidos.

 

-¿Adónde nos llevas? -quiso saber.

 

-A un lugar en el que no hay guerra. Ni bombas, ni nada que os pueda perjudicar. Yo cuidaré de vosotros.

 

De pronto, reconoció a un chico que estaba en el asiento delantero.

 

-¡Jörgen! ¿Qué haces aquí? –le preguntó.

 

-No lo sé. Heliana me invitó a venir con ella… No entiendo qué ha pasado… Estaba corriendo en la plaza del pueblo, cuando un ruido tremendo me aturdió. Creo que me desmayé.

 

-¿Y los demás? ¿Has visto a Robek? ¿Y a Lisa?

 

-No he visto a nadie. No sé nada. Hace frío, me duelen los pies y tengo mucho miedo -dijo, a punto de sollozar. 

 

-No te preocupes –dijo Heliana–. Dentro de poco llegaremos a un sitio donde tendrás calor. Aguanta un poco.

 

Dominique se acurrucó en silencio e intentó recordar lo que había pasado, pero no fue capaz de ir más allá de la gran nube blanca que acompañó al estallido y, por más que se esforzaba, no consiguió entender qué había pasado con sus padres. Sencillamente, no los había vuelto a ver.

 

De vez en cuando, entre la niebla distinguía algunos fogonazos lejanos y silenciosos. Era como si todo ocurriera en otro mundo,  lejano y extraño. 

 

-¿Siguen lanzando bombas? –preguntó con voz temblorosa.

 

-Sí. Y lo harán hasta que se les acaben. Pero no debes temer nada, ahora estás a salvo. Yo te protegeré.

 

-¿Y quién protege a mis padres? 

 

Heliana no dijo nada y siguió remando en silencio.

 

Un poco después, cuando la niebla empezó a disiparse, Dominique distinguió algo grande delante de la barca, en medio del mar.

 

Aunque al principio pensó que se trataba de un barco, descubrió enseguida que estaba equivocada. Era una isla con acantilados, montes y colinas cubiertas de hierba, árboles y rocas. Divisó claramente varias gaviotas que volaban entre la neblina. 

 

-Vuestra nueva casa –anunció Heliana, señalando un viejo embarcadero de madera en el que había un hombre con una pértiga en la mano, esperándolos. 

 

Cuando la barca se puso a su alcance, la atrajo con el garfio y la amarró con fuerza a un poste.

-Hola, chicos, me llamo Octavio –saludó el hombre, que llevaba una gorra de marino y un chaquetón propio de un capitán de barco–. Bienvenidos a nuestra isla. Aquí estáis a salvo.

 

-¿A salvo de qué? -preguntó Jörgen.

 

-De todo -respondió Octavio-. Venid aquí...

 

Dominique descendió la primera y se quedó sobre las tablas del embarcadero hasta que todos los demás se unieron a ella. No dejaba de observar aquel extraño lugar, que parecía salido de un sueño… o de una pesadilla.

 

Se dio cuenta de que había un gran desorden en la playa. Al principio pensó que eran restos de una tormenta pero, cuando prestó más atención, supuso que se había producido algún tipo de lucha o altercado. Estacas rotas, arena revuelta y esparcida sobre las tablas del muelle, arbustos arrancados de cuajo, cuerdas deshilachadas… Indicios claros de que algo inesperado había pasado antes de su llegada.

 

-Ahora vamos a la casa –propuso Heliana–. Allí os darán de comer y podréis descansar tranquilamente.

 

-¿Nos quedaremos aquí para siempre? –preguntó una niña de piel muy blanca.

 

-Eso depende, Elova –replicó Heliana–. Ahora, lo importante, es que os repongáis y que tratéis de olvidar lo que habéis sufrido. 

 

-Es mejor que os alejéis de aquí –propuso Octavio–. No sea que…

 

-No sea que se desencadene otra tormenta –le interrumpió Heliana.

 

-¡Oh, sí, claro!… Aquí son tremendas –añadió Octavio.

 

Dominique se percató de que Heliana reconducía la conversación para ocultarles algo.

 

Mientras se alejaban, Octavio les observaba con atención. A Dominique le pareció que había mucho dolor en el rostro de aquel hombre fornido y de amplia melena que tanto le recordaba a su abuelo. 

 

Entraron en un camino de tierra que subía hacia una colina sobre la que se elevaba un gran edificio. Era una gran mansión, con una cúpula parecida a una corona. 

 

Luego, pasaron bajo un arco de piedra con una inscripción grabada en lo más alto:

“ISLA UMBRAL”.