SANTIAGO GARCÍA-CLAIRAC
ESCRITOR DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

I S L A   U M B R A L

 

C A P Í T U L O  0

 

0 - Una mano amiga     

 

Dominique Delafleur no imaginó aquella mañana primaveral, cuando su profesora se asomó por la ventana de la clase para descubrir el motivo del extraño ruido que les estaba poniendo nerviosos, que su vida iba a sufrir un cambio inesperado.

 

Después de escudriñar el cielo durante unos instantes, la señorita Dubois, con la cara desencajada, la voz rota y las manos entrelazadas, miró a sus alumnos y exclamó:

 

-¡La clase ha terminado! ¡Marchaos a casa lo más rápido que podáis!

 

-¿Qué ocurre, señorita? –preguntó Dominique, desde la primera fila-. ¿Qué pasa?

 

-¡No hagáis preguntas y haced lo que os he dicho! –les apremió-. ¡Corred! ¡Corred sin parar!

 

Guardaron sus libros, cuadernos y lapiceros en las mochilas y salieron en tropel, a toda velocidad. De alguna manera, sabían que algo terrible estaba a punto de pasar.

 

Cuando llegaron al patio, se detuvieron para mirar hacia el cielo y conocer el origen del ronroneo que les obligaba a volver a casa tan temprano.

 

Mezclados con las nubes blancas, varios aviones oscuros y gigantescos se acercaban lentamente. Presagiaban problemas y desgracias. A Dominique se le secó la boca.

 

-¡Bombarderos! –exclamó Jörgen–. ¡Son bombarderos!

 

A cada segundo se hacían más amenazadores. El ruido de los motores hacía temblar el suelo y sus pequeños cuerpos vibraron ligeramente.

 

Cuando sobrevolaron Lombier, los aparatos abrieron sus panzas y dejaron caer su siniestra carga.

 

-¡Bombas! –gritó Robek, señalando los tenebrosos armatostes que ensombrecían el cielo–. ¡Bombas!

 

Dominique ya había oído decir a sus padres que esos artefactos lo destruían todo. Y, ahora, venían hacia ella.

 

-¡Socorro! –gritó Jörgen, tirando su mochila y desparramando los libros sobre el empedrado–. ¡Ayuda!

 

Los chicos se dispersaron y cada uno tomó una dirección distinta. El pánico se había apoderado de ellos.

 

Sabían muy bien que aquello no era ningún juego.

 

La primera bomba explotó sobre un establo e hizo temblar los edificios cercanos. Y luego cayó otra, y otra… algunas casas se derrumbaron envueltas en un intenso humo negro. Todo saltaba por los aires. Los restos se esparcían como pétalos en una tormenta. El caos había llegado…

 

¡Las explosiones destrozaban todo! ¡Nada se libraba de su poder demoledor! ¡El pueblo se estaba haciendo pedazos!

 

-¡Mamá! ¡Papá! –gritó Dominique, buscando amparo–. ¡Mamá!

 

Miró a su alrededor y se dio cuenta de que sus amigos corrían despavoridos. Su amiga Lisa se había lanzado hacia los trigales, pensando que allí estaría a salvo… pero se había equivocado… Una explosión la alcanzó; su cuerpecito desapareció entre humo, trozos de tierra y pedruscos.

 

Los edificios reventaban a su alrededor. A pesar de que el ensordecedor ruido de las explosiones la aturdía, no dejaba de correr.

 

-¡Mamá! ¡Papá! –gritaba a pleno pulmón.

 

La gente huía horrorizada, los animales corrían de un lado a otro, intentando salir de aquel infierno; los escombros se derrumbaban sin control y varios cascotes cayeron cerca, aunque tuvo suerte de que ninguno la alcanzara.

 

La plaza de Lombier se había convertido en un paraje lleno de incendios, edificios triturados, cañerías retorcidas que lanzaban chorros de agua, nubes de polvo, olor a quemado… Personas aterrorizadas que gritaban e intentaban ayudar a sus seres queridos. Dominique jamás había vivido, ni siquiera imaginado semejante horror.

 

Entre el ruido de las explosiones reconoció la voz de su padre, que la esperaba ante la puerta de su casa:

-¡Corre, Dominique! –gritaba el hombre, con los brazos abiertos, apremiándola–. ¡Ven aquí, pequeña!

  

Cuando llegó a su lado, la ayudó a entrar y cerró de un portazo. Era el único lugar del mundo en el que Dominique se sentía segura. Siempre que se desataba alguna tormenta, con el estruendo de rayos y truenos, se refugiaba allí, junto a sus padres y el miedo desaparecía.

 

-¡Dominique, hija! –exclamó su madre, muy pálida, apenas la vio entrar-. ¡Ven a mis brazos!

 

-¡Mamá! –musitó la niña–. ¡Sálvame!

 

-Esta casa es sólida –aseguró su padre–. ¡Ninguna bomba podrá con ella!

 

En ese instante, uno de aquellos artilugios metálicos perforó el techo y cayó en el suelo del comedor.

 

Rebotó un par de veces y se paró a sus pies.

 

Los tres quedaron paralizados, miraban en silencio, sin poder ni parpadear.

 

De repente, una luz cegadora y un calor asfixiante les alcanzó de lleno. Dominique sintió que un tremendo ruido retumbaba por todo su cuerpo hasta hacerse insoportable. Apenas podía respirar. Era como si se hubiese quedado ciega, sorda y muda al mismo tiempo. Incluso tuvo extraña la sensación de estar en otro mundo.

 

Intentó escuchar los latidos de su corazón, pero no lo conseguía.

 

Todo se oscureció.

 

-¡Mamá! ¡Papá! –gritó, esperando verlos aparecer.

 

El mundo parecía haberse detenido. Sólo habían pasado unos segundos, para a ella le pareció una eternidad.

 

De repente, una mano surgió de entre la niebla y le ofreció su ayuda.

 

-¿Mamá? –preguntó, al distinguir una silueta vagamente dibujada entre el polvo que le cegaba.

 

-Me llamo Heliana y he venido para ayudarte –dijo la voz suave de una mujer–. Dame la mano, Dominique.

 

-¿Y mis padres?

 

-Yo sólo me ocupo de los niños. Ven, salgamos de aquí. No hay tiempo que perder.

 

La niña se agarró de su mano y se desvaneció.