SANTIAGO GARCÍA-CLAIRAC
ESCRITOR DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

C O N C U R S O   L I T E R A R I O

G A N A D O R A

R O C Í O   G A L E O T E

  A CONTRARRELOJ

 

Los edificios se difuminaban a medida que la velocidad del tren aumentaba. Eché un vistazo al antiguo reloj de bolsillo que mi abuelo me había regalado tan sólo unos minutos antes.

-Tenlo siempre contigo y no lo pierdas. Te ayudará a no perder el rumbo.-me había dicho en la estación. Encerró el preciado reloj en mi puño y depositó un suave beso en mi frente.

Mi viaje a Nueva York ya había sido planeado, y por mucho que mi abuelo protestara, iba a asistir a ese curso de periodismo. A mis veintidós años ya tenía claro a lo que me quería dedicar toda mi vida: ser periodista. Reposé la cabeza en el asiento y cerré los ojos, consciente de que tenía dos largas horas por delante.

-¿Quiere algo para tomar?-dijo una voz femenina. Levanté la mirada y observé a la chica del carrito de bebidas mientras jugueteaba con las manillas del reloj.

-No, gracias.-volví a mirar por la ventana a la vez que la chica seguía su recorrido por el vagón. Fijé mi vista en el obsequio de mi abuelo y giré un tanto el minutero, observando las iniciales J.W. en el reverso del reloj.

-¿Quiere algo para tomar?-repitió la chica. Resoplé y alcé la vista de nuevo. Me disponía a decir de nuevo mi respuesta cuando me percaté de que no había visto el carrito retroceder.

-Como ya le dije antes, no quiero nada.-respondí al fin cortante. Ella hizo una mueca confundida para luego esbozar una sonrisa condescendiente.

-Es la primera vez que paso por aquí, niña.

¡¿Niña?! ¿Pero quién se había creído que era? Tardé unos segundos en procesar la primera parte de la oración, en la que afirmaba haber recorrido ese pasillo una sola vez. Bajé la mirada y miré con extrañeza el reloj que tenía entre mis manos. ¿Era posible que...? No. El reloj no habría podido hacerme retroceder en el tiempo. ¿O sí? No perdía nada por reintentarlo, así que avancé el minutero hasta dos horas más tarde y empujé de nuevo hacia dentro la corona que manipulaba las manillas.

Sentí mi estómago retorcerse por un segundo, haciendo que apretara los ojos con fuerza. Cuando los abrí, el tren ya no estaba en movimiento.

-Gracias por viajar con nosotros. Por favor, asegúrense de no olvidar ninguna de sus pertenencias.-anunció una voz por megafonía. Mientras toda la gente se levantaba de sus asientos y recogía sus maletas yo miraba asombrada a mi reloj, incapaz de creer su capacidad para trasladarme en el espacio-tiempo. Segundos más tarde, reaccioné y metí el reloj en el bolsillo de mis vaqueros, levantándome al instante.

Dos horas más tarde, me encontraba admirando la que sería mi nueva casa hasta Navidades. Tras dejar mis maletas en mi habitación, cogí mi bolso y salí precipitada por la puerta, ansiosa de ver Nueva York. Una vez fuera, inspiré el aire neoyorkino y empecé a caminar, observando con avidez los famosos monumentos que siempre había visto en fotos y no había tenido el lujo de ver en persona. Bostecé involuntariamente, ya que me había tenido que levantar a las seis para coger el tren a las siete de la mañana.  Sin quererlo, saqué el reloj de mi abuelo de mi bolsillo, con la mala suerte que la corona que cambiaba la hora se me quedó enganchada en los hilos de mis pantalones.

Tiré de él, rompiendo los hilos y haciendo que la corona se rompiera. Observé con temor cómo las manecillas giraban descontroladas, incapaz de hacer nada por detenerlas a causa del cristal que cubría el reloj. El entorno junto a mí cambiaba: los edificios aparecían y desaparecían en un instante, la gente caminando se volvía un borrón y los árboles y las plantas cambiaban a medida que las estaciones pasaban.

-¿En qué año estaré?-murmuré cuando el reloj consiguió pararse y mis mareos cesaron. Miré detenidamente a mi alrededor, buscando alguna pista que me indicara mi posición en el tiempo. Bajé la vista hacia el reloj digital que se encontraba en mi muñeca derecha, el cual marcaba las 8:45 de la mañana de un 11 de septiembre. Qué raro. El reloj no se había estropeado al viajar en el tiempo. Sólo me quedaba averiguar el año. Y entonces, en cuanto di un paso, me fijé en dos torres muy familiares, que se erigían a unos 50 metros de mí.

Y ahí fue donde un avión a gran velocidad descendió en el cielo y se estrelló contra la torre sur, del que ahora sabía que era el World Trace Center, incrustándose por completo en las ventanas de cristal y originando una sonora explosión. Todas las personas inmediatamente gritaron, incluyéndome a mí, y comenzaron a correr. Yo no fui la excepción y seguí a la multitud, con el corazón acelerado y los ojos desorbitados por el miedo, ya sabedora del año en que estaba: 2001. ¿Por qué habría tenido que tocar ese maldito reloj? Que, por cierto, seguía teniendo en la mano. Lo guardé de nuevo en el bolso y saqué mi móvil, que obviamente, no funcionaba.  Me refugié en una librería lejana y aparentemente antigua, en la cual las pocas personas que había, corría de un lado para otro, asustada.

 Jadeé mirando a una anciana que estaba sentada tras el mostrador. Su expresión era imperturbable, como si fuera no estuviera ocurriendo un atentado terrorista. Se oyó otra explosión, ahora más fuerte. Salí al exterior, observando cómo las dos torres colisionaban y se derrumbaban lentamente.

-Perdona, ¿puede arreglarme el reloj?-me dirigí hacia la anciana y la miré con súplica. Ella esbozó una sonrisa y cogió el objeto de mis manos.

-Claro, joven. Ahora mismo.-respondió cogiendo unas herramientas de su mostrador.

-Rápido, por favor.-apremié observando la gente que corría apresurada por las calles.-Debería salir de aquí ahora mismo. Esto se va a convertir en un infierno.

-Ay, hija. Yo ya he vivido suficiente.-finalizó entregándome de nuevo el reloj. Agradecí su amabilidad y giré de nuevo la corona, mirando sonriente cómo las manecillas giraban entonces con soltura. Entonces vi en un costado unos números, que iban aumentando a medida que giraba la corona. 3, 4, 5, 6. Las manecillas giraban cada vez más rápido y ahora la corona rodaba sola. Comprendí entonces que esos extraños números eran los años. Mi alrededor se emborronaba de nuevo, causando un grave mareo en mi estómago. En cuanto el número llegó a 14, detuve la corona, haciendo que el paisaje se enfocara al fin. Suspiré temblorosa y me llevé una mano a la frente. Saqué el móvil, que ahora funcionaba, y pulsé el botón de llamada, dispuesta a hablar con mi padre.

-¿Diga?-respondió su voz grave.

-¿Papá? Soy Meghan.-saludé.

-¿Quién eres tú?