SANTIAGO GARCÍA-CLAIRAC
ESCRITOR

¡CASTIGADO SIN LEER!

 

1
El peor castigo

–¿Qué has dicho, papá? 

–¡Castigado sin leer! –repite–. ¿Me has oído ahora? 

No puedo ni hablar... ¡Me ha castigado sin leer! 

–¡No leerás nada hasta que yo te lo diga! –añade, muy enfadado–. ¡Estoy harto de tus tonterías! ¡Mira lo que has hecho! –me inculpa, señalando a mi primo Fran, que está junto a sus padres, con expresión de víctima inocente–. ¡Le has partido el corazón! 

–Ha sufrido mucho por tu culpa. Le has dejado en ridículo en clase, ante vuestros compañeros –me reprocha mi tío Francis, con esa cara de robot que tiene–. ¡Es tu primo! ¡Debes quererle!
–¡Yo no he hecho nada malo! –me defiendo.

–¿Ah, no?... Cuando el profesor de literatura le ha mandado leer en voz alta y no lo ha hecho bien, has salido tú y has leído perfectamente, ¿te parece poco? 

–Por eso estás castigado sin leer –añade papá. 

–Pero, papá, si no leo, me voy a morir –me atrevo a replicar. 

–¡Ja! ¡Nadie se muere por no leer! –se burla mi primo–. ¡Nunca he oído yo eso! ¡Muerto por no leer! ¡Menuda tontería! 

–Hay mucha gente que no lee y no le pasa nada, ¿sabes? –puntualiza mi tío–. ¿Cuándo nos has visto tú a nosotros con un libro en las manos? 

–¡Nunca hemos tocado un libro! –asegura mi tía Dolores–. ¡Faltaría más! ¡Para lo que sirven! 

–¡Nosotros no somos como el abuelo! –dice mi prima Camelia–. ¡Solo piensa en la lectura! ¡Por eso no tiene dinero! –¡El abuelo Gregorio y su horrible librería! – refunfuña mi tía–. ¡Ojalá cierre esa tienda de una vez por todas! ¡Ojalá se deje de tantas fantasías! ¡Ya se podía haber ocupado más de sus hijos! Miro a mi madre, que hasta ahora no ha dicho nada. 

–¿No vas a ayudarme, mamá? –le imploro. 

–Si tu padre te castiga, yo le apoyo –responde–. Ya lo sabes.
–Pero, llevas toda la vida diciéndome que tengo que leer. Y ahora... 

–Y quiero que leas, pero no me gusta que hagas estas cosas. Has creado un conflicto familiar, y eso no me gusta. 

–Lo siento mucho, mamá –me excuso, poniendo la mano sobre el corazón, mirando a mi primo, que sonríe astutamente–. No volverá a ocurrir. Os lo aseguro. 

–Me has dejado en mal lugar ante toda la clase –contraataca Fran–. ¡No te lo perdonaré! ¡Nunca! 

–Pero, primo Fran, el profesor solo quería que leyéramos en voz alta. Yo solo... 

–¡Es que has leído demasiado bien! –exclama–. ¡El profesor te ha puesto como ejemplo! ¡He quedado muy mal por tu culpa! –No lo he hecho a propósito, Fran. Yo no quería dejarte... 

–¡Me rechazas porque no me gustan los libros! ¡Eres igual que el abuelo! –grita. 

–El abuelo es una mala influencia –añade Camelia. 

–Es un lector empedernido –confirma mi tía Dolores–. No hace otra cosa.

 –¡Estarás un mes sin leer! –ordena papá. 

Miro de nuevo a mi madre, esperando un apoyo que no encuentro. Estoy solo ante el peligro.
Ya estoy habituado a que me castiguen de vez en cuando, pero siempre han sido castigos leves como quedarme sin postre, sin ver la tele... Esta vez, la cosa es más seria. 

–Papá, por favor... –suplico. 

–Ahora, vete a tu cuarto y piensa en lo que has hecho –ordena–. Pero antes, pídele perdón a tu primo. 

–Dale la mano y discúlpate –casi ordena mi tío Francis–. Sois primos y debéis ser amigos. Lleváis el mismo apellido. Y la familia es sagrada. 

–Y prométele que no volverás a hacer una cosa así –añade mi tía Dolores. 

Doy un paso adelante, me acerco a mi primo y le doy la mano. Todos nos miran satisfechos. Me estoy humillando ante alguien a quien no le gusta leer. Y eso es muy grave para mí. 

–Lo siento, Fran. Nunca volveré a dejarte en ridículo por culpa de la lectura. Te lo prometo. 

–Lo que tienes que hacer es dejar de leer tantos libros –responde–. ¡Leer es una pérdida de tiempo! 

–No te engañes, Gregorio, la lectura no es productiva, hace perder mucho tiempo –interviene mi tío–. Cuando lees te olvidas de todo, de tu familia, de tus amigos, de tus intereses... 

–Piensa más en el porvenir –dice mi tía–. No pierdas tanto tiempo con los libros.
–Y visita menos al abuelo –insiste Camelia–. No es una buena compañía. También intentó convertirme en lectora, pero no me dejé engatusar. Mis padres me tienen bien enseñada. 

Me despido de todos y salgo del salón sabiendo que, cuando no esté, mis primos me pondrán por los suelos. Lo sé muy bien, demasiado bien. Entro en mi habitación, el único lugar en el que me encuentro seguro. Aquí tengo todos mis libros. Me acuesto e intento dormir, pero no puedo. Cada vez que pienso que no voy a poder leer durante un mes, me pongo nervioso. Y lo peor es que El caballero solitario está a punto de salir.