SANTIAGO GARCÍA-CLAIRAC
ESCRITOR DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

EL EJÉRCITO NEGRO

CAPÍTULO 8

VIII

LA PROFESORA NUEVA

Esta mañana Patacoja tiene mala cara. No le culpo, el tiempo no acompaña. Hace un día gris y sopla un viento del norte que congela las palabras.

―¿Qué te ocurre? ―le pregunto―. Pareces enfermo. ¿Has bebido?

―He pasado mala noche y he tomado un poco de vino para animarme ―reconoce―, mostrando el envase de cartón medio vacío―. Me sienta mal dormir a la intemperie, entre cajas de cartón, rodeado de ratas y cucarachas. Hay mucho ajetreo en las grandes ciudades. Parece que por la noche abren las puertas de los manicomios para dejar salir a los más peligrosos.

―Toma, te he traído una manzana y unas tostadas para desayunar ―digo, entregándole los alimentos―. Deberías a algún sitio a pedir ayuda.

―Prefiero morir de frío antes que someterme a una vida ordenada ―dice―. Desde que he perdido la pierna, no tengo ganas de obedecer a nadie. Prefiero morir de hambre antes de dejar que me den órdenes.

―No desesperes. A lo mejor un día te crece de nuevo.

_Arturo, eres un buen chico, pero no me harás creer en milagros. Lo que está mal, mal se queda para siempre. Mi pierna se está pudriendo en el infierno.

―Tienes poca fe. Todas las cosas tienen arreglo menos la muerte.

―¿Lo crees de verdad, o lo dices para consolarme? ¿Crees que me voy a tragar semejante bobada?

―Todo lo que está mal, puede empeorar. Pero también puede mejorar, no lo dudes ―insisto.

―Ya, y también podemos olvidar todo lo que nos duele, ¿verdad? ¿Crees que podemos hacer como si no pasara nada?

―Bueno, me voy al instituto. Luego nos veremos, que te estás poniendo muy trágico.

―No te he contado lo peor… Anoche hubo una pelea ahí enfrente.

―No me he enterado.

―La policía llegó en seguida, pero hirieron a un tipo para robarle la cartera y el coche. Yo lo vi todo desde un portal.

―Pues debiste hacer algo para ayudar a ese hombre ―digo.

―¿Y qué puede hacer un pobre hombre? ¿Acaso quieres que me partan la otra pierna?

―No me vengas con historia. ¡Podías haber gritado para avisar a la policía!

―¡Nada! ¡No podía haber hecho nada! Además, creo que me han visto y me están vigilado. Son muchos y muy peligrosos.

―Vaya, ahora tienes una paranoia. ¿Quién querría controlar a un mendigo?

―Esos tipos están por todas partes.

―¿Qué tipos? ¿De quién hablas?

―¿No lo sabes? Están muy organizados. Roban y asaltan todo lo que se proponen. Ahora la han tomado con este barrio. Tarde o temprano os tocará a vosotros. Son verdaderos profesionales.

―Me parece que tienes mucha imaginación.

―¡Esa banda es un verdadero peligro! ¡Te lo digo yo! ¡A ver qué dices cuando una mañana descubran mi cadáver entre la basura!

―Bueno, oye, tengo que irme, que es un poco tarde ―me disculpo―. Luego hablamos. ¡Ah, y cuídate, cascarrabias!

―¡No me llames cascarrabias!

Me voy para no seguir discutiendo, pero reconozco que estoy preocupado por él. Se nota que está empeorando… Y creo que bebe cada día más. Si sigue viviendo en la calle, podría morir de frío. Está desamparado y necesita ayuda. Además, en el fondo, sé que tiene razón con lo de las bandas organizadas. He oído muchas cosas acerca de ese asunto y, a veces, cuando lo pienso, me asusta un poco. Dicen que son muy peligrosos. En fin, hasta ahora he tenido suerte y no me he tropezado con ellos.

 

* * * * *

El instituto está lleno de compañeros. Veo que Horacio se está metiendo, como siempre, con el pobre Cristóbal, un chaval de Primaria.

―¡Eh, tú, Caradragón!

No le hago caso y sigo mi camino. Sé que si me detengo, habrá problemas.

―Oye, Caradragón, ¿estás sordo o qué te pasa? ―dice, poniéndose delante de mí.

―No tengo nada que decirte. Déjame en paz.

―¿Te gusta hacerte el listo en clase ¿eh?

―No es eso, es que me gusta estudiar ―respondo.

―El otro día nos dejaste en ridículo ante el profe. No creas que te vamos a permitir que nos tomes el pelo. Ten cuidado con lo que haces y dedícate a cuidar al loco de tu padre, que…

―¡No te metas con mi padre! ―le grito.

―¡Tu padre está como una cabra! ¡Todo el mundo lo sabe!

―¡Está chalado! El otro día le vimos con su bicicleta, en el centro… ¡Casi le pilló un coche! ―dice Mireia.

―¡Mi padre no está loco!  ¡Mi padre no está loco!

―Cierro los puños, dispuesto a enfrentarme con el próximo que diga algo contra mi padre, pero en vez de eso, se ponen a cantar:

―¡Caradragón! ¡Caradragón! ¡Caradragón!

―¿Qué pasa aquí? ―pregunta Mercurio, con su voz ronca.

Los demás dan un paso atrás y se callan.

―¿Puedo hacer algo por vosotros? ―insiste―. ¿Queréis que os ayude a cantar? Porque si queréis, puedo inventar alguna canción.

―No, no hace falta ―dice Horacio.

―Entonces, quiero ver cómo os marcháis a clase tranquilamente, sin meteros con nadie, ¿entendido? ―dice con firmeza.

Horacio y los suyos me lanzan una mirada asesina mientras se retiran hacia el aula. Mercurio me pone la mano en el hombro.

―Ven, te acompañaré ―se ofrece.

―Gracias, Mercurio, pero debo enfrentarme solo a mis problemas ―le digo―. Aunque te agradezco la ayuda, de verdad.

―Está bien, chico ―acepta―. Comprendo lo que dices. Pero si las cosas se complican, avísame, ¿vale?

―De acuerdo ―digo, retirándome―. Muchas gracias, Mercurio.

Menos mal que ha llegado a tiempo, ya que la situación era francamente mala para mí. Estaba a punto de meterme en un lío. Horacio me la tiene jurada, aunque no sé por qué. Siempre que puede se mete conmigo.

Entro en clase y me encuentro con que, en mi pupitre, en el sitio que siempre está libre, hay una chica. No sé de dónde ha salido, nunca antes la había visto en clase. Puede ser una repetidora.

―Oye, ¿no te has equivocado de sitio? ―le digo.

―¿Por qué lo dices? ¿Es un sitio especial o algo así? ¿Hay que pagar para ponerse aquí?

―No, es que aquí no se sienta nunca nadie. Por eso es especial.

―Pues ha dejado de serlo. Ahora lo ocupo yo. A partir de ahora este es mi sitio, ¿de acuerdo?

―Bueno, sí, de acuerdo. Tú verás.

―Me llamo Metáfora, ¿y tú?

―¿Metáfora? Eso no es un nombre, eso es…

―¡Mi nombre! Ya te he dicho que me llamo Metáfora, ¿o hay que repetirte las cosas dos veces?

―Buen, yo me llamo Arturo, Arturo Adragón.

―Yo me llamo Metáfora Caballero. Bien, pues ahora que sabemos cómo nos llamamos, intentemos llevarnos bien. Soy nueva en este colegio y me acabo de instalar en esta ciudad… Y no me gusta que me molesten.

Esta niña es una pesadez. Ya se enterará de con quién se ha sentado. No sabe todavía lo que le espera. Ya le dirán que este es un sitio especial. Que nadie se sienta con Caradragón.

De reojo me doy cuenta de que me observa. Supongo que mi aspecto le extraña.

―No muerde ―le digo sin levantar la vista de mi cuaderno.

―¿Qué? ¿Qué dices?

―El dragón… NO muerde. Es inofensivo.

―Oye, que yo no he preguntado.

―Y esas manchas también son de nacimiento. No se pueden quitar y de vez en cuando se mueven, así que tienes que estar muy atenta, a lo mejor tienes suerte y esta mañana tienes espectáculo gratuito.

―Será mejor que te calles o me enfadaré. Deja de decir tonterías, que no me asustarás. ¿O te gusta aterrorizar a las chicas?

―No, no…

―Pues no insistas, que tu dragón no me da miedo. Y tú tampoco.

Pero las sorpresas no han terminado; el director, acompañado de una mujer, entra en la clase. Los dos suben al estrado y él reclama nuestra atención.

―Por favor, escuchad lo que tengo que deciros ―anuncia, dando un par de palmadas.

Finalmente, todo el mundo se calla y atiende a sus palabras. La mujer es joven y guapa.

―Os presento a vuestra nueva profesora. Se llama Norma y sustituye al señor Miralles, que se ha marchado a su nuevo destino. Espero que la acojáis bien. Norma tiene experiencia y os enseñará todo lo necesario para que, además, de aprobar, aprendáis un montón de cosas nuevas.

De forma espontánea, empezamos a aplaudir. La señorita Norma sonríe ante nuestro  recibimiento que, sin duda, le ha gustado. El director también aplaude y sonríe, feliz de su éxito.

―Bien, ahora os dejo con ella. Espero que no haya ningún problema. No me gustaría recibir ninguna queja.

Se despide de Norma y sale de la clase. Todavía hay un impresionante silencio cuando ella empieza a hablar:

―Muchas gracias por los aplausos y por el buen recibimiento. Dese ser digna de vuestra aprobación. Para empezar, me gustaría escuchar vuestras opiniones sobre lo que debo hacer. ¿Hay alguna recomendación que queráis hacerme? No sé, alguna sugerencia.

Nos ha sorprendido. Ningún profesor nos había hecho esta pregunta.

―Si me permite ―dice Horacio, levantando el brazo―. Puedo hacerle una sugerencia.

―Te ruego que la hagas ―dice Norma, contenta de que alguien responda a su propuesta―. Di lo que quieras.

―Pues verá usted, en esta clase tenemos un problema que no conseguimos resolver.

―¡Un problema? ¿Qué problema?

Siento un retortijón en las tripas y me temo lo peor.

―Entre nosotros hay un mago, un brujo… Ya sabe, una especie de bicho raro como esos que se ven en los circos. Un amante de los dragones.

―No entiendo, ¿a qué te refieres?

―Me refiero a Caradragón. Es ese que se sienta ahí detrás, con la chica nueva. Hace cosas raras y tenemos miedo de que nos contagie. ¿Podría enviarlo a otra clase?

―¿Cómo has dicho que se llama?

Caradragón.

―¿Caradragón? Pero eso no es un nombre, eso es un mote, o un apodo…

―Bueno, puede llamarlo como usted quiera, pero para nosotros es Caradragón. Tiene uno pintado en la cara.

Norma me mira. Después mira a Horacio y vuelve a mirarme.

―¿Puedes levantarte y decirme tu nombre? ―pide amablemente.

―Me llamo ArturoAdragón ―digo.

―Muchas gracias, Arturo… Y tú, ¿puedes decirme tu nombre y apellido? ―pide, dirigiéndose a Horacio.

―¿Yo? Me llamo Horacio Martín y soy el primero de la clase.

―Bien, Horacio, escúchame bien, Si vuelves a referirte a alguno de tus compañeros utilizando un mote, te aseguro que dejarás de ser el primero de la clase. ¿Lo entiendes?

Horacio se pone pálido y me lanza una mirada cuyo significado conozco muy bien. Norma cree que me ha hecho un favor, pero se equivoca.

―Se lo voy a decir a mi padre ―amenaza Horacio, inesperadamente―. No estoy dispuesto a permitir que una profesora me ponga en ridículo delante de toda la clase.

―Estaré encantada de hablar con tu padre ―responde Norma―. Puede venir a verme cuando quiera.

―Le advierto que no le va a gustar lo que acaba de hacerme.

―Y a mí no me gusta que se falte al respeto a los compañeros. No me gustan los motes ni los apodos. Y no me gusta que se compare a mis alumnos con bichos de circo. Esto es un colegio, esta es mi clase, y nadie insulta a nadie. ¿Me he explicado?

Norma acaba de dejar atónitos a todos mis compañeros, empezando por mí. De momento, tengo la impresión de que he ganado con el cambio, aunque el tiempo lo dirá. Sea como sea, me parece que durante el recreo voy a tener algunos problemas.

―Voy a escribir mi nombre en la pizarra. Y vosotros vais a hacer lo mismo. De esta manera quedará claro cómo se nos debe llamar. Y desde ahora mismo, os digo que aquí no hay magos, ni hechiceros, ni brujos. Aquí solo hay alumnos y alumnas que vienen a estudiar. Y todo el mundo respeta a todo el mundo… Aunque sea diferente.

Norma se dirige a la pizarra y escribe su nombre y apellido: Norma Caballero. Hace una seña a Horacio para que se acerque y escriba su nombre. Mientras va escribiendo, una duda me asalta. Me giro hacia mi compañera y le pregunto:

―Oye, ¿cuál es tu apellido?

―Caballero. Me llamo Metáfora Caballero.

―¿Igual que la profesora?

―Claro, es mi madre. Mi primer apellido es el suyo.

―¿Tu madre?

―Perdona, pero tengo que salir a la pizarra –dice, poniéndose en pie.

Ahora resulta que mi compañera de pupitre es la hija de la profesora. ¿Es mejor o peor para mí? ¿Las cosas van a mejorar o empeorar? Ser compañero de la hija de la profesora tiene su lado bueno, pero también tiene su parte mala. Puede ayudarme pero también puede contar todo lo que vea de mí. Y si tengo la mala suerte de que se hace amigo de Horacio, estoy perdido.

―Arturo, ¿te importa venir a escribir tu nombre? –me pide la profesora.

―Sin decir nada, me levanto y me acerco a la pizarra. Después, vuelvo a mi sitio. Metáfora ya está sentada y me está esperando.

―¿Te llaman Caradragón por ese dibujo? ¿Cómo te lo hiciste?

―Eso no es asunto tuyo –respondo de mal humor, casi convencido de que he tenido la mala suerte de que se haya sentado a mi lado.

Mi padre siempre me dice que las cosas tienden a emporar. Y hoy me doy cuenta de que tiene razón.


* * * * *

Es de noche y estoy en mi lugar favorito. El tejado de la Fundación es el único sitio en el que no me buscan. Nadie sabe que subo aquí cuando me siento muy abatido. Me gusta ver la ciudad de noche. Me gusta imaginar que cada noche vivo en una casa diferente. Primero elijo un tejado, después me fijo mucho en sus características y me empiezo a imaginar que vivo en esa casa.

Esta noche he elegido un edificio alto, recubierto de pizarra negra, con una gran chimenea. Según la miro, me imagino una familia a mi medida. Una familia en la que tengo una madre que me cuida y un padre respetado por todos. Me gusta pensar que no hay problemas y que todo va bien. Incluso acaricio la idea de que estoy bien, de que no hay en mí nada que llame la atención. Me consuela pensar que “eso” ha desaparecido.

―¿Te encuentras bien?

Es Sombra.

―¿Qué haces aquí?

―Ya sé que siempre que estás triste, subes aquí para estar solo. Pero esta noche te he visto más derrotado que otras veces, por eso me he atrevido a subir.

―No quiero que le digas a nadie que…

―Tranquilo, no contaré nada. Ya sabes que puedes confiar en mí.

―Ven, siéntate a mi lado y cuéntame algo. Cuéntame una de esas historias que conoces. Ayúdame a olvidar.

―¿Sabes que tu padre y el señor Stromber han hecho buenas migas? –explica.

―Me alegro mucho por papá, le vendrá bien tener un amigo. Le hace falta.

―Tanta como a ti, ¿verdad?

―Bueno, yo ya te tengo a ti, Sombra― Tú eres mi mejor amigo.

―Me da pena ser tan mayor y no poder compartir todos tus intereses. Debemos buscar un chico de tu edad que quiera ser tu amigo.

―Sabes que eso es imposible. Nadie quiere acercarse a mí. En cuanto ven lo que me pasa, huyen…

―Un día encontrarás a alguien que te comprenda. Eres un chico inteligente y harás buenos amigos.

―Sí, en el otro mundo –respondo―. En este ya sé que es imposible.

Sombra era monje y lo dejó para venir para venir aquí. Sin él, papá estaría perdido ya que, si hay alguien que conoce todos los secretos de la Fundación, es él. Le llamamos así porque se desliza y es tan silencioso como si lo fuese. Si quiere, puede estar a tu lado sin que te des cuenta.

―Hay algo en el señor Stromber que no me gusta –dice de repente―. No mira a los ojos, y eso es un mal síntoma. Es hombre es turbio.

―Deja de decir tonterías. Le cae bien a papá a conseguir el dinero necesario para pagar las deudas. Así que haz el favor de no ver fantasmas donde no los hay.

―Tienes razón, Arturo. No voy a decir nada más contra él.

―Ayúdale, no quiero que se disguste.

―Sí, lo haré.

―Y ahora, cuéntame una historia.

―De acuerdo… hubo una vez un chico que vivía en el tejado de una casa…

―Sigue, sigue…

―… que soñaba con tener amigos…

―Oye, Sombra… he conocido a una chica. Es una nueva compañera. Se sienta a mi lado.

―¿Es simpática? Es inteligente? ¿Es guapa?

―Las tres cosas… Es preciosa. Y sonríe como mamá en el cuadro. Ya sabes a qué me refiero.

―Sí, sé de qué hablas. Tu madre tenía una sonrisa muy especial. Y ese cuadro la recoge perfectamente.

―Me hubiera gustado tanto conocerla.

―No te pongas triste, ahora tienes a esa chica. Ya verás como os hacéis buenos amigos.

―Bueno, no hay que adelantar acontecimientos.

                                                                                                                                                                 

―Deja volar tu imaginación, Arturo, déjala volar…