SANTIAGO GARCÍA-CLAIRAC
ESCRITOR DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

EL EJÉRCITO NEGRO

CAPÍTULO 10

VII

JURAMENTO INCUMPLIDO

Arquimaes se movió nerviosamente en la pequeña y oscura celda que estaba a punto de convertirse en la tumba de su querido Arturo. Era consciente de que nadie vendría en su ayuda y de que Morfidio no tendría piedad a menos que le desvelara el gran secreto, cosa que no ocurriría.

Observó el cuerpo agonizante de Arturo, que estaba pálido como la luna, y lamentó verle en ese estado. Había hecho todo lo posible por salvarle la vida con lo que tenía a mano, pero había sido inútil. La infección era tan fuerte que la batalla estaba perdida de antemano. Si hubiera dispuesto de los medios necesarios, seguro que le habría curado. Poseía conocimientos suficientes para librar de la muerte a un malherido, pero necesitaba ungüentos, hierbas, mezclas y todo lo demás. Pero el malvado conde, para presionarle, se lo negaba todo.

Se asomó por el ventanuco enrejado que dejaba ver una parte del cielo oscurecido de la noche y observó las pocas estrellas que brillaban entre las nubes. De repente se sintió solo y abandonado, como una de esas estrellas del firmamento.

La luna apenas se distinguía y los alaridos de los seres que salían de noche en busca de carne fresca le ponían a la escena una música siniestra. Sabía que esos animales de la oscuridad eran bestias enviadas por los hechiceros, que las enardecían y las convertían en bestias sanguinarias para asustar a los campesinos ignorantes con la intención de hacerles pagar exagerados impuestos. Las poblaciones se habían rendido ante el poder de los hechiceros tenebrosos como Demónicus, y les pagaban los tributos y les rendían culto, estaban a salvo de los ataques de las alimañas salvajes. Arquimaes sabía que esas bestias eran producto de sortilegios maléficos, de la magia oscura, de una magia que él conocía muy bien, pero que había prometido no usar jamás.

Sin embargo, ahora tenía dudas sobre si debía cumplir su promesa. Se preguntó si la vida de Arturo valía más que su palabra de honor. Ahora que sus conocimientos científicos no le valían de nada, se planteó la posibilidad de usar poderes inconfesables que había jurado no utilizar nunca. ¿Debía un hombre incumplir sus juramentos para salvar la vida de un amigo?

Después de dudar durante horas, se acercó al camastro, se arrodilló ante el cuerpo de Arturo, le cogió de la mano con la derecha y le puso la izquierda sobre el pecho. Cerró los ojos y se concentró profundamente. Escuchó los débiles latidos del corazón de su ayudante, despegó los labios y entonó un suave canto que penetraba en el oído del moribundo. Su melodiosa voz invadió el cuerpo de Arturo. La infección producía pus. Fiebre y dolor. Presionó un poco sobre el corazón y siguió con su letanía hasta que los primeros rayos del sol entraron en la celda e iluminaron las sucias y frías paredes, dándoles un color cálido, propio de un nuevo amanecer.

* * *

A media mañana, Morfidio descendió por la escalera que llevaba a la celda de Arquimaes con el convencimiento de que el sabio estaría derrumbado ante el cuerpo agonizante de su ayudante, listo para hablar.

El conde venía acompañado de varios criados que transportaban probetas, envases, cofres y otros objetos que habían requisado en el torreón de Drácamont, la noche del secuestro.

Imaginó que la visión de las medicinas y herramientas necesarias para salvar al muchacho serviría para desatar la lengua del sabio y que doblegaría su voluntad sin necesidad de violentar la situación.

Morfidio daba por hecho que dentro de unas horas sería un poderoso rey inmortal, superior a los demás seres humanos. Sonrió.

―Abrid en seguida ―ordenó, deteniéndose ante la puerta de la celda.

Escuchó como la cerradura chirriaba y observó, emocionado, que la puerta se abría. Estaba a punto de entrar en la inmortalidad.

 ―Alquimista, he decidido ser magnánimo y te traigo todo lo necesario para…

Se quedó boquiabierto cuando vio que Arturo estaba de pie, sano, sonriente y en perfecto estado, como si no le hubiera pasado nada. Las secuelas de la herida habían desaparecido.

―Arturo se encuentra bien, conde. Creo que no necesitamos medicinas ―dijo Arquimaes con una impresionante serenidad.

Morfidio no pudo articular palabra. La sorpresa le había superado y su mente no lograba comprender esa inesperada situación. Para él era como una pesadilla de la que deseaba despertar. De repente, todos sus planes se habían desvanecido.

―¿Qué ha pasado aquí? ―logró preguntar al cabo de un rato―. ¿Qué es esto? ¿Qué ha ocurrido?

―La noche ha sido generosa y ha traído la salud a mi querido ayudante ―respondió Arquimaes, con tranquilidad―. El cielo ha venido en su ayuda.

―Pero… Pero… ¡Eso no es posible! ¡Estaba a punto de morir!

―Me he recuperado ―dijo Arturo, en tono alegre y vivaz―. La herida no era tan profunda y los cuidados de Arquimaes han surtido efecto.

―¿Cuidados? Pero si no tenía medicinas… ¡Ha tenido que usar sortilegios para salvarte! ¡Brujería! ¡Esto es brujería! ―exclamó―. ¡Acabarás en la hoguera! ¡Los campesinos tenían razón!

―No, mi señor conde. Yo no he practicado la brujería. De hecho, no hay en esta celda ningún instrumento que sirva para tal fin. Y, como bien sabes, los hechiceros necesitan vísceras de animales, amuletos y otros artilugios. Puedes registrar la celda, si quieres. No encontrarás nada relacionado con la hechicería.

Morfidio, cuyos ojos lanzaban chispas, se acercó a Arquimaes mientras cerraba su puño sobre el mango de la espada.

―¡No te burlarás de mí! ¡No dejaré que me tomes por idiota! Sé que has practicado la brujería y te lo haré pagar caro. Te queda tiempo para soltar la lengua. Pasado mañana, tú y tu criado seréis arrojados a la hoguera. ¡Es mi última palabra!

Después, salió de la celda con la cara enrojecida por la ira, seguido de cerca por sus desconcertados criados a los que insultaba y amenazaba.

―¡Si descubro que alguno de vosotros le ha ayudado, lo pagará caro!

Cuando llegó a su habitación, se sirvió una gran copa de vino y dio una terrible patada a uno de sus perros que se había acercado para darle la bienvenida.

Sin embargo, y a pesar de que tenía la mente embotada a causa del vino, comprendió algo que le hizo feliz:

                               

―Entonces es verdad ―pensó―. Si ha sido capaz de resucitar a ese chico moribundo, es que posee el poder de la inmortalidad…