SANTIAGO GARCÍA-CLAIRAC
ESCRITOR DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

EL EJÉRCITO NEGRO

CAPÍTULO 10

X

EL BUITRE DEL BANCO

Estoy desayunando con papá y el señor Stromber, en el comedor pequeño, cuando Mahania entra y anuncia una visita:

-Es el señor Del Hierro, el gerente del banco. Dice que quiere hablar con usted, don Arturo.

-¿A estas horas? Son solo las ocho y media de la mañana.

Los banqueros madrugan mucho, querido Adragón, por eso ganan tanto dinero. –explica Stromber, en tono de broma-. Atiéndale usted, que yo me voy a trabajar.

El anticuario se levanta y sale del comedor, dejándonos solos.

-Está bien, Mahania, dile que pase a mi despacho, que ahora le atiendo.

-Sí, señor –contesta, haciendo una inclinación de cabeza.

-Papá, ¿hay problemas con el banco? –pregunto.

-No debes preocuparte por esas cosas –responde, pasando su mano por mi cabeza-. Un muchacho de tu edad no necesita angustiarse por los asuntos de los adultos. Anda, vete al instituto, que esta tarde hablaremos un poco.

Se dirige con decisión hacia su despacho dispuesto a enfrentarse con el banquero.

Subo a mi habitación y reviso mi mochila, como siempre. Cambio los libros que necesito por los que me sobran y cojo mi cazadora. Bajo las escaleras y me cruzo con el señor Del Hierro, un hombre grueso y vestido de negro que parece más un empleado de funeraria que un hombre de negocios. Espero hasta que entra en el despacho de papá. Mahania, que le ha acompañado hasta la puerta, me ordena seguir mi camino.

-Vamos, Arturo, vete al colegio ahora mismo, que de esto ya se ocupa tu padre.

-Adiós, Mahania. Luego nos vemos. Ya me contarás.

-¡No te contaré nada! ¡Esto es asunto de tu padre!

-En la calle me encuentro como siempre con Patacoja, que está aún más desmejorado.

-Te he traído dos naranjas –digo-. Pero tienes que prometerme que irás al médico para que te haga una revisión. No me gusta el aspecto que tienes.

-Lo que tengo no se cura en el despacho de un médico –responde-. Los médicos no tienen la medicina que necesito.

-¿Y qué medicina es ésa?

-Alguien que me quiera –explica-. Alguien que se ocupe de mí. Eso es exactamente lo que necesito, Arturo.

-Ya sabes que me tienes a mí –digo-. Soy tu amigo.

-Un muchacho y un hombre no pueden ser los mejores amigos. Son edades que no encajan.

-¿Quieres decir que no somos amigos?

-Somos amigos, pero tú no puedes llenar el vacío que tengo… igual que yo no puedo llenar el tuyo. ¿Entiendes, pequeño monstruo?

-No me llames así, ya sabes que no me gusta.

-Vaya, tú puedes llamarme loco y cascarrabias pero yo no puedo permitirme una broma. ¡Eso es amistad, sí, señor!

Patacoja vive a la sombra de la Fundación desde hace más de un año y, poco a poco, nos hecho amigos. Le he tomado cariño por una razón especial: me recuerda a mi padre. Tiene algunos rasgos físicos tan similares que podrían ser hermanos. Además, un día me contó su historia. Recuerdo que me senté a su lado y me contó cómo cayó en la indigencia.

-Yo tenía un empleo en una empresa importante –dijo-. Durante años, las cosas me fueron bien hasta que, un día cometí un grave error. Yo era arqueólogo y dirigía una excavación en las afueras de Férenix, donde habíamos encontrado las huellas de un fortín medieval. Estábamos desenterrando las piedras con mucho cuidado ya que estaban bastante deterioradas, pero todo salió mal. Yo dirigía la excavación y la responsabilidad cayó sobre mis hombros… En fin, fue el fin de mi vida profesional… y personal.

-Pero, qué pasó exactamente? –le pregunté.

-Es muy complicado de contar. Pero ya te digo que fue mi ruina. Ahí acabó mi carrera de arqueólogo. Por un error.

-¿Y lo de la pierna?

-Un día bebía más de la cuenta y crucé un semáforo. Pero no fui capaz de distinguir entre el verde del rojo y un coche me atropelló. Como consecuencia perdí la pierna. El coche se fugó y nunca se supo nada del conductor.

Desde entonces le llaman Patacoja. Cuando le conocí, aún llevaba el vendaje en la pierna, o en lo que quedaba de ella. Patacoja es una buena persona, pero la gente le rehúye. Un hombre tullido, que vive en el suelo, no es precisamente algo agradable de ver. Patacoja y yo nos entendemos bien porque somos dos bichos raros.

Sin embargo, me quedé con la impresión de que ocultaba algo. Un secreto que no me quiso contar.

Si en alguna ocasión puedo hacer algo para ayudarle, desde luego, lo haré. Una de las cosas que mi padre me ha enseñado es que hay que a las personas como personas y no como deshechos.

 

* * * * *

Horacio está con sus compinches en la puerta del instituto, hablando con Metáfora. Ya sospechaba yo que las cosas irían por ese camino. Resulta que mi compañera de pupitre va a ser amiga de mis enemigos. No sé si podré aguantar esta situación, que empeora día a día.

Caradragón, mira, estamos hablando de ti ―dice Horacio cuando paso a su lado―. Estamos poniendo al día a Metáfora sobre tus cosas. Ahora ya sabe quién eres.

Sigo mi camino sin responder. Prefiero evitar una discusión que no me beneficia en nada. Metáfora va a estar con ellos, pues que esté. Mejor para ella. Y si se lo quiere contar a su madre, pues que se lo cuente. Me da igual… ¡Me da todo igual!

―Buenos días, Arturo ―dice Mercurio―. ¿Algún problema?

―No, no pasa nada, Es que siempre saluda así.

―Horacio es un problema. Se cree que porque su padre es amigo del director, puede tratar a la gente de esta manera, pero se equivoca.

―Gracias por tu ayuda, Mercurio. Te debo una.

―No nos pongamos tiernos, chaval. Anda, vete a clase.

Entro en el aula y me siento en mi pupitre. Abro la cartera  y antes de haber sacado los libros y los cuadernos, veo Metáfora entra y se acerca.

―Hola, Arturo ―dice.

―Hola ―respondo secamente.

Es una pena que no quede ninguna mesa libre para cambiarme de sitio. La verdad es que prefiero estar solo. Estoy tan habituado que ahora me cuesta trabajo tener a alguien pegado.

―Ya me han contado por qué te llaman así ―dice―. Me gustaría verlo algún día.

―¿Para burlarte de mí?

―No digas eso. Debe de ser precioso eso de que una letra aparezca mágicamente sobre tu piel. Creo que tienes un don especial que nadie más…

―Ya. Me sugieres que me vaya a un circo, ¿no?

Creo que mi respuesta no le ha gustado, por eso guarda silencio. No he sido muy educado, pero estoy tan irritado que ya no sé ni lo que hago.

―Oye, perdona, he sido un poco brusco pero…

―Vale, vale, déjalo ―responde un poco ofendida.

La profesora acaba de entrar y todo el mundo se pone en pie.

―Hoy vamos a hablar de la escritura. ¿Qué opináis de ella?

Nadie dice nada.

―Bien, vamos a ver si Horacio es capaz de darnos su opinión. Haz el favor de salir y de explicarnos que crees que nos aporta?

Horacio pone mala cara, pero obedece y, de mala gana, sale a la pizarra.

―Yo creo que la escritura no sirve para nada. La lectura está pasada de moda. Nadie lee, eso es prehistórico. Una imagen vale más que mil palabras.

―¿Prehistórico? Sin la escritora viviríamos todavía en las cavernas.

―La escritora es una tecnología anticuada ―insiste Horacio―. Es medieval.

―Medieval es pensar así. En aquella época, a la gente le podía costar la vida aprender a leer…. Pero ahora que todo el mundo sabe leer, resulta que muchos os negáis… ¿Quién es capaz de decir algo a favor de la escritura y de la lectura?

Yo no estoy de acuerdo con Horacio, pero no me apetece meterme en líos. Contradecirle puede significar meses de persecuciones. Así que lo dejo pasar. Pero veo que casi todos levantan el brazo para indicar que están de acuerdo con él.

―Yo creo que Horacio está equivocado ―dice Metáfora, que acaba de levantarse―. No es una tecnología vieja y anticuada como quiere hacernos creer. Es lo más moderno que existe y me gustaría decir que no es verdad que una imagen vale más que mil palabras… ¡Una buena frase vale más que mil imágenes!

―¡Sí, como la cara de Caradragón! ―se burla Horacio―. ¡Que tiene una letra pintada en la cara! ¡Eso sí que es moderno!

―Si vuelves a llamarle de esa manera, vas a pasar el resto del curso en el despacho del director ―advierte de forma contundente la profesora―. Ya he dicho que no quiero ni el más mínimo signo de abuso ni de falta de respeto entre vosotros. ¿Está claro?

―Sí, señorita.

―Siéntate en tu sitio, Horacio, y gracias por tu colaboración.

Mientras siguen hablando y discutiendo sobre las virtudes de la escritura, escribo una pequeña nota en un papel y se la entrego disimuladamente a Metáfora: “Gracias”.